Retorno a Mesocsat 1945

En Budapest continuó la lucha por varios meses. Yo me quedé un tiempo allí. Pero la situación se volvió peligrosa e incierta. A los policías húngaros, si bien se habían entregado, les permitieron seguir ejerciendo como policías. “La mayoría de las personas no tenía documentos y todos tenían miedo de que la policía los detuviera y los enviara a un campo de trabajo ruso. Yo todavía no sabía lo que había sucedido con mi familia. La tarjeta que hace unos meses atrás había recibido, me seguía dando esperanzas. Decidí volver a Mesocsat para ver si alguno había vuelto. Entonces los rusos me dieron un certificado que decía que había sido liberado. Fuimos con un grupo de más o menos veinte judíos. En una ciudad cruzando cerca de 50 km detrás del frente, soldados rumanos que luchaban bajo órdenes rusas, nos revisaron y nos sacaron todas la cosas de valor que teníamos. Nosotros estábamos desesperados y nos quejamos a los rusos. Ellos no sabían qué hacer con nosotros, éramos como veinte judíos.En el grupo había judíos de Transilvania que hablaban rumano que se acercaron a unos soldados que estaban esperando a un grupo de personas enfermas, prisioneros húngaros nazis para llevarlos a hospital. Nos dijeron que lentamente fuéramos uno a uno a su lado y marchamos con ellos hasta la estación de ferrocarril. Fuimos en tren hasta un pueblo Nyekladhaza. Allí dejé el grupo y seguí solo a pie.
Pensaba que podía viajar unos 24 km hasta el pueblo de Gelej. Llegué a la mañana de un sábado y nadie me quería llevar a caballo, entonces decidí seguir caminando. A la tarde llegué a Mezocsat. Llegando al centro del pueblo, veo salir a mi encuentro al cura protestante que me saludó y me bendijo. Me miraba y se persignaba como si viera un muerto vivo. Yo le pregunté donde estaban todos. El no me contestó. Me llevó a la Comandatura rusa y allí volví a preguntar.
“El Comandante de la NKVD, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, era un mayor judío ruso, y el traductor también era judío. “Redstu idish? Me pregunta. Yo lo miraba como si no entendiera ese idioma lejano. Una vida había pasado entre ese momento y la última vez que saludé a mi madre en la puerta del gueto. De repente con esas dos palabras volvió a mi memoria su rostro, y me tragué todas mis preguntas, mientras un grupo de “notables” se acercaba a mí alrededor y me contaban todo lo que había sucedido…”
Adolf Eichmann, había sido enviado a Hungría para supervisar las deportaciones a gran escala, que contaron con el apoyo entusiasta de la gendarmería húngara. Entre el 15 de mayo y el 9 de junio, las autoridades húngaras deportaron a 437.402 judíos. A comienzo de junio, todos los habitantes del guetto de Mezoczat fueron trasladados a un centro de deportación que se había improvisado en la fábrica de ladrillos de la calle Tatar. Algunos fueron trasladados por unos días al gueto de Diosgyor, y los restantes fueron enviados directamente a Auschwits. Entre el 13 y el 15 de junio. La madre de José, Broje y las mellizas fueron asesinadas en la cámara de gas el mismo día que llegaron. El padre y el hermano fueron trasladado a Buchenwald, donde fueron asesinados”
“Todos se disculpaban, me palmeaban el hombro, se deshacían en palabras y en excusas: no fuimos nosotros, fueron los húngaros nazis. Creo que el hambre no me dejaba entender lo que había sucedido. Me dieron algo de comida y me nombraron como agregado a esa comandancia. Mi función sería supervisar la restitución de objetos robados durante la guerra. Yo me tomé en serio mi nueva función. Pronto los húngaros comenzaron a quejarse a la Comandancia de que yo los importunaba. Entonces un comandante, Meter Czereda, me citó para que de mis explicaciones. Yo estaba fuera de mí, con toda la ira que había reprimido hasta entonces clamando por justicia. Iosi Spray quiso justificar mi actitud y le explicó que puede ser que estoy un poco alterado, porque los húngaros mataron a mis padres. Me di cuenta que en verdad nadie en el pueblo quería hacerse cargo de lo ocurrido, que lo único que deseaban era olvidar, olvidar sus culpas. Muy pronto la realidad cambió. Según el acuerdo de los aliados con los soviéticos, el ejército ruso, no podía quedarse en los pueblos chicos. Así que me quedé sin la protección del ejército soviético.
Mi casa estaba destruida, mi familia muerta. Decidí volver a Budapest en tren y retomar el contacto con los sionistas de Dror Habonim.”