Natala Pisula
A principios de 1942 había llegado al gueto una vista inesperada: Natala Pisula. Natala vivía con sus padres en una granja cerca de Radomsko. Conocía a la familia Parys desde hacía varios años. “Había trabajado en nuestra casa un par de años durante la enfermedad de mamá.” Cuando Natala propuso llevarse a Halina fuera del gueto, Shmuel había dado una negativa rotunda. “Donde voy yo va ella.” Halina había escuchado esa frase en innumerables ocasiones. No importaba si eran viajes de negocios o vacaciones, no importaban la distancia o el motivo del viaje, padre e hija habían sido inseparables. Pero ahora, después de las primeras acciones en el gueto, Shmuel comenzaba a comprender, que él ya no podría protegerla. Comenzaba a entender que ya no se trataba de tolerar incomodidades, sufrir privaciones o soportar vejámenes. Ahora se trataba de vivir o morir, porque la vida del gueto tal como la conocían hasta ese momento estaba llegando a su fin. Aunque muchos no podían creerlo, ya se rumoreaba que el destino de todos los que se encontraban allí eran los campos de la muerte.
A principios de 1942 los alemanes iniciaron una serie de redadas y asesinatos. Primero ejecutaron a varios líderes de la comunidad judía y comenzaron a deportar pequeños grupos. En agosto de 1942 comenzó la primera gran deportación. Fue entonces cuando Natala regresó al gueto. Shmuel ya había consultado el caso con su familia. Todos le suplicaban que dejase partir a Halina para darle la oportunidad de una vida mejor. La niña ya era una jovencita y por su apariencia y su lenguaje, podría pasar perfectamente por polaca.
Se despidieron serenamente en el interior del departamento, con la esperanza y la promesa de reencontrarse pronto. “Me dio mi abrigo, me dijo que la sigua a Natala, me señaló un bulto cosido en el dobladillo diciendo “eso es para los gastos” y nos despedimos con un hasta pronto.”





