José en el jeder
Sobre los primeros años de escuela cuenta José: “En mi pueblo había un colegio elemental israelita complementario que era parte del ministerio de educación del estado. Por la mañana cursábamos las materias obligatorias del sistema educativo húngaro y por la tarde estudiábamos todo lo referente al área judaica. La parte judaica se estudiaba al estilo del jeder: en el mismo salón nos sentábamos varones y mujeres por separado.”
El personal de la escuela se limitaba a un director Jaim Weiszblüt y una maestra. Como era una escuela estatal, sus sueldos eran pagados por el estado y estaban sujetos a periódicas inspecciones.
El edificio de la escuela, que todavía sigue en pie, era parte del ala sur de la antigua sinagoga, el Gran Templo, que estaba sobre una de las calles principales de Mezocsat. Cerca de allí, se había levantado recientemente la nueva casa del Gran Rabino, una construcción grande y majestuosa, en donde funcionaba la mikve, el baño ritual.
A la escuela acudían unos 120 alumnos divididos en seis clases. A pesar de que era una escuela judía, concurrían también siete u ocho niños no judíos porque era un muy buen colegio. Uno de estos niños era Samuel Horvath, quien venía de un pueblo vecino y se quedaba durante la semana con una familia en Mezoczat. Horvath recuerda: “Cuando yo tenía 7 años mi abuela me acompañó al colegio por primera vez. Las formalidades de la escuela ya habían sido arregladas con el director. En el patio, los chicos me rodearon con interés y sí, me hice de amigos rápidamente, a pesar de que ellos sabían que yo no era judío. La mayoría de los alumnos eran judíos y Dezső Ceisler compartía su comida conmigo, a pesar de que la mayoría de las veces apenas tuviera un bocado. Todos me trataban con amabilidad, no solo mis compañeros, también los maestros.”
Mientras José rememora sus días de estudiante, una gran sonrisa aparece en su rostro. “Yo era muy bueno en historia y geografía. Gané dos veces las competencias intercolegiales. Por eso me perdonaban otras materias como matemáticas en las cuales no me iba tan bien. Y no todo era estudio. En los ratos libres los niños judíos y cristianos salíamos a jugar al campo. Uno de nuestros pasatiempos favoritos era ir en bicicleta a la aldea vecina, bañarse en el río Tisza, o jugar al futbol en el patio”.
“En los meses de verano mis padres solían mandarme de vacaciones a alguna ieshivà de la zona, como la de Verpelet, en donde había vivido mi abuela. Casi todos los rabinos eran familiares, así que me recibían en sus casas.”
“Yo tenía 9 o 10 años cuando en España se desató la guerra civil española entre los nacionalistas y los comunistas. En mi casa mi padre recibía varios diarios de Budapest y el asunto era algo muy comentado en todos lados. El miedo al comunismo y su amenaza expansiva estaba latente en el ambiente desde la Revolución Rusa, y había un alerta general contra nosotros los judíos. Se empezaba a percibir una atmósfera de recelo y sospecha alrededor nuestro.
Un día llegó al colegio el inspector estatal y entró en el aula donde yo estudiaba. Nos pusimos todos de pie y se hizo un silencio rotundo. El inspector comenzó a hacer preguntas, al principio evaluando el nivel de los alumnos. Luego comenzó con otro tipo de cuestionario. Se dirigió a mi compañero de al lado, Engel, y le preguntó si sabía lo que pasaba en España. Recuerdo el rostro pálido e inescrutable de la maestra Irene. Mi compañero dijo que había una guerra entre nacionalistas y comunistas. “-Y nosotros ¿quién queremos que ganen, los comunistas o los nacionalistas?- Me preguntó el inspector clavando sus incisivos ojos en los míos. La maestra Irene no respiraba, nadie se esperaba una pregunta tan directa. Los judíos éramos siempre sospechados de comunismo. - Los nacionalistas- contesté, y se escuchó el suspiro de alivio de la querida maestra. ¡No en vano había leído por tanto tiempo los periódicos los domingos!”
Cuando el nacionalismo comenzaba a crecer “Los domingos los chicos estábamos obligados a ir al imleto, los chicos cristianos iban al imleto en su iglesia y los judíos íbamos al imleto en el Templo. Era una especie de credo nacionalista, fervoroso, de tono redentista que estábamos obligados a repetir, sobre la importancia de la patria, los valores húngaros, nuestro compromiso patriota, nuestra vocación ciudadana, etc. Teníamos que realizar acciones sociales para el bien de la comunidad. Recuerdo que yo les leía los periódicos a las personas analfabetas que se juntaban en el patio de la escuela. Luego el Rabino, mi tio Fabian Shrague Tzvi Altman, leía Tehilim.”
“A Engel lo recuerdo muy especialmente. Venía de un pueblo vecino, Igrizi, todos los días a pie. Ya en cuarto grado comenzó a venir en bicicleta. Si el clima era malo se quedaba algunos días en Mezocsat. Pero luego él eligió un camino no religioso, aprendió a ser juglar y trabajaba en un circo. Cuando fueron los iudn gezets, él estaba en el circo y ahí no figuraba como judío. El circo fue a actuar para los soldados húngaros que estaban en el frente y allí fueron tomados prisioneros por los soviéticos que los consideraron colaboradores de los Nazis. Me contaron que él intercedió por la troupe y explicó que estaba escondido de los Nazis, pero no le creyeron. Falleció en un campo de prisioneros húngaros.”





