El hogar de José

José fue el primer hijo de Frumet Altman y Iacov Tzvi Moskovits. Con el tiempo nacerían su hermana Broje en 1930, su hermano Jaym Schloyme en 1936 y las mellizas Jane- Rivke y Feigue Krasl en 1940.
La familia Moskovits vivía en una típica casa rural húngara. Era una construcción de piedra con las paredes blancas, una balaustrada de madera a su alrededor, y su característico techo de paja. Adentro, un zaguán comunicaba las tres habitaciones, la sala de estar, la cocina y la despensa. Siguiendo un pequeño corredor, se accedía al escritorio de Iacov, el padre. Allí, Iacov Tzvi llevaba la contabilidad de su negocio y los papeles se apilaban sobre una mesa de madera muy gastada. Había nacido en Tokai, región famosa por sus excelentes vinos y se había convertido en corredor de importantes bodegas y empresas mayoristas distribuidoras de vinos y bebidas alcohólicas. También era representante de la empresa Singer para la venta de maquinas de coser.
A pesar de su apego riguroso a los preceptos religiosos, el padre de José vestía de forma moderna, porque como vendedor mayorista de vinos se relacionaba con personas de diversas religiones y culturas. Sin embargo, mantenía su barba inalterable y sus peies las escondía detrás de las orejas. Su negocio era próspero y le permitía mantener a su familia con holgura. En el escritorio había también una biblioteca de puertas vidriadas. Allí se guardaban los tesoros de la familia, manuscritos y sforim que Iacov estudiaba y releía constantemente. Libros en hebreo, alemán, húngaro y un Tzena Urene en ídish, que Frumet leía los sábados y de cuyos relatos también disfrutaban los niños.
Los niños dormían en una habitación contigua a la cocina. En el frio invierno, se aprovechaba mejor el calor del horno. Durante el día jugueteaban afuera entre las plantas y los árboles del jardín. Frumet y Iacov Tzvi dormían en una habitación contigua.
Frumet, la mamá de José, no dejaba que nadie se acerque a su cocina. Los utensilios para la carne se ubicaban lejos de los lácteos. Las verduras se guardaban en bolsas debajo de la mesada y los tarros de leche se vigilaban en un rincón adonde nunca llegaba el sol. La cocina era su reino y ella era el pilar del cumplimiento de las tradiciones, de la educación de los hijos y el cuidado de la kashrut. Era una mujer cariñosa y alegre. José la recuerda con afecto y con asombro: “Cada mañana, cuando estaba aún arropado en mi cama, veía a mi madre y a su criada salir con dos baldes a la calle desierta. Apenas había amanecido y la niebla cubría sus figuras con un manto de misterio. ¿Adónde irían tan temprano? Me daba frío verlas y me arrebujaba aún más en el calor de mi cama… Pero el misterio se revelaba una hora más tarde cuando las veía volver con los baldes llenos de leche. Todas las mañanas caminaban casi una hora hasta una granja donde, en su presencia, ordeñaban una vaca directamente en sus baldes. Traían un vaso para cada chico y un poco más para las pequeñas. Este ritual se repetía todos los días, menos en Iom Kipur"
El desayuno era un manjar de pan tostado y leche y los chicos no podían salir de la casa sin antes recibir un beso en la frente de su madre: “Esa cercanía no era algo tan común… La queríamos mucho. Me encantaban sus comidas sobre todo los fideos dulces con mermelada, espolvoreados con amapola, azúcar y nueces. También preparaba muy bien el goulash.” “Así como nos alimentaba, así crecíamos, y todos los inviernos llamaba mi madre al sastre para que nos tomara las medidas y nos hiciera nuevos abrigos y ropas para todos. Nevaba mucho en Mesocsat, tanto que la municipalidad mandaba a palear la nieve de los caminos para poder acceder a la ciudad.”
La casa estaba rodeada de árboles frutales, por lo que nunca faltaban dulces y compotas. “En julio llenábamos barriles con ciruelas y mamá hacía dulces. También criábamos gansos, pollos que no podían faltar en la mesa del shabat”.
Sobre el suelo de la sala se distribuían las alfombras ornamentadas que con el ajetreo diario habían perdido parte de su original colorido. La mesa ocupaba un lugar central, con una sencilla lámpara de hierro forjado colgando desde el techo sobre su centro. La sala cobraba vida los viernes cuando la familia se reunía a recibir el shabat. Entonces, el canto llenaba la sala. “Mi padre bendecía el vino, el mismo que vendía, Frumet encendía una vela por cada miembro de la familia, y la luz disipaba la penumbra del anochecer. “Terminada la cena y los cantos, todos besábamos la mano de mi madre”.